AFECTO ENTRE DESCONOCIDOS
Me he propuesto escribirte una carta distinta a las demás.
No comenzaré saludando ni poniendo lugar y fecha. Tampoco te preguntaré cómo estás, dónde vas de vacaciones, transcurre tu trabajo, qué pasó por el pueblo o cómo le va a fulano.
No comenzaré saludando ni poniendo lugar y fecha. Tampoco te preguntaré cómo estás, dónde vas de vacaciones, transcurre tu trabajo, qué pasó por el pueblo o cómo le va a fulano.
Romper esquemas me parece imaginativo, creativo, innovador, falto de formalismos; abre nuevas vías de comunicación y hace pensar.
Lo de siempre es eso, lo de siempre. Rastrear en tu vida como un topo por los túneles del subterráneo me parece ruin, descarado incluso.
Hacer preguntas, sin contestarlas, son mecanismos carentes de valor que obligan a la respuesta del interpelado igual que al reo que van a juzgar condenado a muerte de antemano.
Referirse demasiado a acontecimientos ya pasados dan muestra, cuando menos, de vivir más de recuerdos que de presentes. Además nos suele entretener el hurgar en tal o cual parecer o punto oscuro, que siente demasiado mal o demasiado bien, según se requiera en el tono y objetivo de las líneas marcadas.
Para rellenar tendemos a personificar a terceros, conocidos, amados, odiados, . . . cercanos en definitiva, que juegan al son que tocamos cuán directores de orquesta, que eligen a sus músicos de juguete y les colocan pilas de duración convenida.
Por si fuera poco la tristeza de nuestro devenir en el relato, siempre saltamos con alguna que otra gracia, poco ocurrente en la mayoría de los casos.
Y, si además, escribimos según el pensamiento hablado, olvidamos comas, puntos y cuerdas de atar el mensaje para que -tente mientras cobro- llegue como sea, entre interrogaciones, llaves o comillas a su destino.
De esta manera componía, en cierta ocasión, una desconocida la carta a su amado, que tampoco conocía.
Dicha mujer cuando llegaba todos los días a su casa, sin número, rastreaba en el buzón del portal, que tampoco tenía nombre.
Siempre llevaba la llave preparada, siendo ésta la varita mágica que nunca era capaz de hacer aparecer la carta deseada.
Abierta la portezuela se divisaban panfletos coloridos y cartas blancas con ribetes azules en unos casos, verdes en otros y colorados en los de más allá.
Como no, los bancos, que tampoco se llamaban, habían asaltado aquella buhardilla acariciada cada día por su propietaria.
Con cierto desconsuelo subía escaleras arriba día tras días. A esa hora y peldaño a peldaño, siempre le venía a la mente la misma pregunta: ¿por qué nadie me escribe?.
Con cierto desconsuelo subía escaleras arriba día tras días. A esa hora y peldaño a peldaño, siempre le venía a la mente la misma pregunta: ¿por qué nadie me escribe?.
Cuando acababa con sobrealiento de alcanzar el último de los obstáculos, calmaba su ira conformándose con su desdicha y recordándose que ESE NADIE ALGÚN DÍA LE SORPRENDERÍA Y NO TARDARÍA MUCHO.
¡Esperaré, esperaré!, se repetía autoconsolándose.
¡Esperaré, esperaré!, se repetía autoconsolándose.
Mucho tiempo pasó de igual manera hasta que decidió la mujer acabar la carta así:
Por todo ello, te sugiero a ti, mi desconocido, que si algún día determinado, de esos que tienen número y lugar en el calendario, de tantas horas de duración y de sol, te dignas a dirigir unas líneas cantadas a ésta tu desconocida, NO ME PREGUNTES NADA, NI ME CUENTES NADA QUE NO SEPA, NO ME HABLES DE NADIE QUE CONOZCA, NI ME SUGIERAS LOS PLANES PARA EL PRÓXIMO FIN DE SEMANA. Tus consejos me sobran y las aseveraciones amatorias me dejan dolor de cabeza.

¡MEJOR, NO ME ESCRIBAS!
Una desconocida, que no te conoce, te saluda y espera.
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