lunes, 6 de julio de 2026

EDADISMO

    Imagina por un momento que te descartan para un empleo porque te consideran demasiado mayor para aprender nuevas tecnologías.  O que no obtienes una oportunidad laboral porque creen que eres demasiado joven para asumir responsabilidades. Como has comprobado, en ambos casos existe un elemento común: la edad. Porque sí… parece que, hagas lo que hagas, tu edad siempre está en medio.

    A diferencia de las discriminaciones (religiosa, lingüística, apariencia física, ideología) o de otras formas, como el racismo, sexismo, xenofobia, o clasismo; el edadismo tiene una característica singular, por abajo en el caso de la juventud y por arriba, si tenemos la suerte de vivir lo suficiente y cómo parece vamos camino de ser muy longevos. Lo más probable entonces es que terminemos formando parte del grupo que suele ser objeto de este prejuicio: los mayores de edad pero jóvenes de espíritu.

    Por eso, hablar de edadismo no es hablar de “otros”. Es hablar de nosotros mismos, de nuestro presente y también de nuestro futuro. De los mayores y de los jóvenes, del llamado juvenismo o edadismo inverso, porque también ellos y ellas, pueden sentir que se les juzga por su tierna edad o inexperiencia.

    Es importante analizar la distinción generacional que se establece hoy en día, atendiendo atendiendo a las fechas de nacimiento, rasgos y contextos culturales. Veamos:

    Si naciste en el siglo pasado -desde 1946 hasta 1964-, eres Baby Boomers, como yo. Crecimos durante la expansión económica de la posguerra, vivimos la juventud durante la transición democrática y la expansión económica de finales del siglo XX, junto a cambios profundos en la sociedad española. Somos los del  disco de vinilo, la radio, el coche familiar, la television, la llegada del hombre a la Luna,  y de los Beatles o de los Rolling Stones.

    Si naciste entre 1965–1980 eres de la Generación X, viviste alguna que otra crisis económica, eres del cassette, el Walkman, las Cintas VHS, el videoclip y la consola de 8/16 bits; conociste el auge de la televisión, los primeros ordenadores personales, los cambios familiares y la transición de un mundo analógico a uno digital.Viviste el tiempo del Punk, new wave, hip-hop, o escuchaste a Nirvana.

   Eres Millennials  o de la Generación Y, si naciste entre 1981–1996, lo hiciste con internet, la globalización, expansión universitaria y eres de la crisis financiera de 2008. Estas familiarizado con lo digital, tienes mayor movilidad, valoras mucho otras experiencias, te enfrentas a la precariedad laboral, sufres una vivienda más cara y tuviste CD, MP3, Messenger, los primeros smartphone e inauguraste las redes sociales tempranas. Y seguramente eres fan del Pop de los 90/2000.

    Si naciste entre 1997–2012 eres de la Generación Z.  Dominas como nadie las redes sociales, tienes fuerte presencia online con los smartphones, vives crisis climáticas y sufriste la pandemia durante alguna etapa educativa. Te consideran nativo/a digital, valoras la flexibilidad, la comunicación rápida, y tienes mayor sensibilidad hacia la diversidad e identidad; eres de  TikTok, streaming y seguro que usas auriculares inalámbricos. 

    Además, puedes ser de la Generación Alfa si naciste entre 2013–2024 o de la Generación Beta, si acabas de nacer hace un año, aunque en ambos casos no creo que leas esto. Aun así, tanto los alfa como los  betas sois de tablets, inteligencia artificial, asistentes digitales, educación híbrida, videojuegos online, mundos virtuales y cambios tecnológicos acelerados. En definitiva, tenéis todo un mundo complejo por hacer y por descubrir.

    También se han acuñado otros conceptos, como la generación sandwich que son “atrapadas/os” entre el cuidado de sus hijos y el de sus padres.

   Sea como fuere, es habitual escuchar el término “guerras generacionales”, es decir, que cada generación está convencida de que la siguiente lo arruinará todo y de que la anterior ya lo arruinó… aquéllo de cualquier tiempo pasado fue major o la cantinela de “en mis tiempos esto no pasaba…”

    Pero centrémonos en el término edadismo, conocido internacionalmente como ageism. Fue acuñado en 1969 por el psiquiatra y gerontólogo Robert Butler. Butler observó que existían prejuicios sistemáticos hacia las personas mayores similares a los que se producen por motivos de género o etnia, pero que rara vez eran reconocidos como una forma de discriminación.

Actualmente, la Organización Mundial de la Salud define el edadismo como los estereotipos, prejuicios y actos de discriminación dirigidos hacia las personas por razón de su edad.

 El edadismo puede manifestarse de tres formas distintas: A través de los estereotipos, es decir, las creencias que tenemos sobre determinadas edades. Por los prejuicios, es decir, los sentimientos que desarrollamos hacia esos grupos. Y como consecuencia de la discriminación, cuando esas creencias y emociones se traducen en comportamientos concretos.

  Seguro que te suena alguna de estas frases:

                “Los jóvenes no quieren trabajar.”

                “Ya eres demasiado mayor para estudiar.”

                 “Aún eres muy joven para opinar de eso.”

   Estas opiniones parecen inofensivas, pero reflejan una tendencia muy arraigada: reducir a las personas a su edad cronológica.

   ¿Por qué aparece el edadismo? 

    Uno de los modelos más influyentes es la Teoría de la Identidad Social, desarrollada por Henri Tajfel y posteriormente ampliada por John Turner. Según esta teoría, los seres humanos tendemos a clasificarnos en grupos. Nos identificamos como hombres o mujeres, profesionales o estudiantes, nacionales o extranjeros, jóvenes o mayores. Estas categorías nos ayudan a organizar la realidad, pero también pueden generar prejuicios. Cuando aparece la división entre “nosotros” y “ellos”, aumenta la probabilidad de atribuir características simplificadas a quienes pertenecen al otro grupo. Desde esta perspectiva, el edadismo surge porque la edad se convierte en una categoría social que favorece la aparición de estereotipos.

    Existe otra explicación especialmente interesante que es el miedo a envejecer. La llamada Teoría del Manejo del Terror, desarrollada por Jeff Greenberg, Sheldon Solomon y Tom Pyszczynski. Esta teoría parte de una idea sencilla pero profunda. Los seres humanos somos conscientes de de nuestra propia mortalidad. Sabemos que vamos a envejecer para luego morir. Sin embargo, esta realidad genera una ansiedad existencial difícil de gestionar. Las personas mayores pueden actuar como un recordatorio visible del paso del tiempo. Nos recuerdan que el envejecimiento forma parte de nuestra propia trayectoria vital. Según esta teoría, algunos prejuicios hacia la vejez funcionarían como mecanismos psicológicos de defensa frente al miedo al deterioro y a la muerte. En otras palabras: No siempre rechazamos la vejez por desconocimiento. A veces la rechazamos porque nos confronta con nuestro propio futuro.

    ¿Qué papel juegan los estereotipos?

    Otra de las investigadoras más importantes en este campo es Becca Levy, profesora de la Universidad de Yale. Levy desarrolló la llamada Teoría de la Incorporación de los Estereotipos. Su propuesta revolucionó la forma de entender el edadismo.Según esta teoría, las personas comenzamos a absorber mensajes sobre la vejez desde la infancia.Escuchamos comentarios, observamos anuncios publicitarios, consumimos películas y programas de televisión que transmiten determinadas ideas sobre el envejecimiento. Esos mensajes permanecen almacenados durante décadas, y cuando envejecemos, muchos de esos estereotipos son aplicados a nosotros mismos.La consecuencia es extraordinaria: las creencias sobre la edad pueden influir en nuestra salud física, cognitiva y emocional.

    Diversas investigaciones han mostrado que las personas que mantienen visiones más positivas del envejecimiento suelen presentar mejores resultados en memoria, bienestar psicológico, recuperación funcional e incluso longevidad. El mensaje es contundente: Los estereotipos no solo afectan a cómo vemos a los demás, también afectan a cómo envejecemos

    El edadismo interiorizazdo y la profecía autocumplida, ocurren cuando una persona termina creyendo las limitaciones que la sociedad atribuye a su edad.

    Por ejemplo:

               “Ya no tengo edad para aprender.”

               “Es normal sentirse inútil a mi edad.”

               “Ya es tarde para empezar algo nuevo.”

    Estas creencias pueden reducir la motivación, limitar la participación social y afectar negativamente a la salud.Paradójicamente, muchas de las barreras asociadas al envejecimiento no provienen de la edad en sí misma, sino de las expectativas sociales sobre lo que significa envejecer.

    La Teoría de la Amenaza del Estereotipo, desarrollada por Claude Steele predice que cuando una persona sabe que existe un estereotipo negativo sobre su grupo, puede experimentar ansiedad al enfrentarse a determinadas tareas. Por ejemplo, si una persona mayor escucha repetidamente que los mayores tienen peor memoria, puede sentirse especialmente presionada durante una prueba cognitiva. Esa presión aumenta el estrés. Y el estrés puede empeorar el rendimiento.Así, el estereotipo termina confirmándose aparentemente, aunque en realidad haya sido la ansiedad la que produjo la diferencia.Esto demuestra cómo los prejuicios pueden generar efectos reales sobre la conducta humana.


    Una de las maneras de reducir los prejuicios la encontramos en la Teoría del Contacto Intergrupal de Gordon Allport. Allport defendía que el contacto frecuente y positivo entre grupos reduce significativamente los prejuicios. Las investigaciones posteriores han confirmado esta hipótesis. Cuando jóvenes y mayores colaboran, conviven, aprenden juntos o desarrollan proyectos comunes, disminuyen los estereotipos y aumenta la empatía. Por eso, muchos especialistas consideran que los programas intergeneracionales constituyen una de las estrategias más eficaces para combatir el edadismo. No basta con hablar sobre otras generaciones. Es necesario relacionarse con ellas.

    También podemos hablar del envejecimeinto desde una perspectiva positiva. Durante gran parte del siglo XX predominó una visión muy centrada en las pérdidas asociadas al envejecimiento.Sin embargo, varios psicólogos ayudaron a transformar esta mirada.Uno de ellos fue Erik Erikson. Erikson propuso que el desarrollo psicológico continúa durante toda la vida.Según su teoría psicosocial, cada etapa vital plantea desafíos específicos.En la vejez, el reto consiste en alcanzar la integridad personal. Es decir, poder mirar la propia vida con aceptación y sentido. Desde esta perspectiva, la vejez no representa únicamente un periodo de deterioro, sino también una etapa de crecimiento psicológico y reflexión existencial.

    Si nos referimos a la sabiduría emocional de la edad hay que citar a  Laura Carstensen. Carstensen desarrolló la Teoría de la Selectividad Socioemocional. Sus investigaciones mostraron algo sorprendente. A medida que las personas perciben el tiempo como más limitado, tienden a priorizar relaciones significativas y experiencias emocionalmente valiosas. Lejos de convertirse en personas emocionalmente más frágiles, muchos adultos mayores desarrollan una notable capacidad para regular sus emociones y centrarse en aquello que realmente importa. Estos hallazgos desafían uno de los prejuicios más extendidos sobre el envejecimiento.La edad no implica necesariamente pérdida de bienestar psicológico.

    Pero, ¿qué consecuencias tiene el edadismo para la salud? 

    La evidencia científica actual muestra que el edadismo tiene efectos concretos sobre la salud.Se ha relacionado con:

·         mayor riesgo de aislamiento social,

·         incremento de la soledad,

·         peor salud mental,

·         mayores niveles de depresión,

·         disminución de la calidad de vida,

·         peores resultados en algunos procesos de recuperación.

    Además, el edadismo puede influir en las decisiones sanitarias.En ocasiones se minimizan síntomas o necesidades simplemente por considerar que determinados problemas son “normales para la edad”.Esta normalización puede retrasar diagnósticos y tratamientos.Por tanto, el edadismo no es únicamente una cuestión ética o social.También es una cuestión de salud pública.

    ¿Y qué hay del edadismo en el mundo laboral?

    El ámbito laboral constituye uno de los escenarios donde el edadismo se observa con mayor claridad. Las personas mayores pueden ser percibidas como menos adaptables o menos innovadoras.Los trabajadores jóvenes, por su parte, pueden ser considerados inexpertos o inmaduros  y se puede llegar a confundir juventud con ignorancia, cuando una persona puede tener conocimientos especializados muy superiores a los de personas mayores en determinados ámbitos.

    Si eres joven, seguro que has escuchado frases reducidas a una simplificación injusta, parecidas a:

        "Eres demasiado joven para dirigir un equipo."

        "Todavía no tienes suficiente experiencia para opinar."

        "Ya cambiarás de idea cuando seas mayor."

        "Todavía no has vivido lo suficiente para entenderlo."

    La investigación muestra que la competencia profesional depende de múltiples factores y no puede deducirse únicamente a partir de la edad.

    La experiencia, la creatividad, la capacidad de aprendizaje y la inteligencia emocional se distribuyen de forma mucho más compleja que lo que sugieren los estereotipos.

    Otro desafío aparece cuando la explicación se simplifica hasta convertir a una generación en culpable de los problemas de otra. Por ejemplo, afirmar que "los boomers han arruinado el futuro de los jóvenes" es una generalización

  Hay un debate muy actual y provocado seguramente, por interés politicos, es el debate entre generaciones con pensiones y sueldos, que puede albergar componentes de edadismo, pero no necesariamente todo el conflicto sobre pensiones y salarios juveniles lo es.

    Conviene distinguir entre dos cosas:

    Un conflicto de intereses o de distribución de recursos.

    Un prejuicio contra un grupo por su edad.

   Por ejemplo, cuando alguien argumenta que el sistema de pensiones es financieramente difícil de sostener debido al envejecimiento demográfico, está planteando una cuestión económica y política, no necesariamente una postura edadista. En cambio, el discurso se acerca al edadismo cuando se presentan los problemas en términos como:

        "Los jubilados viven a costa de los jóvenes".

        "Los jóvenes son unos vagos que no quieren trabajar".

        "Los mayores tienen demasiados privilegios porque ya no producen".

        "Los jóvenes no merecen mejores salarios porque no tienen experiencia".

    En estos casos se atribuyen características o responsabilidades colectivas a personas por su edad, en lugar de analizar factores estructurales.    Por tanto, muchas veces, los conflictos que se presentan como "generacionales" en realidad están relacionados con factores económicos, politicos, educativos, culturales o tecnológicos. Algunas razones son: conviven hasta cuatro o cinco generaciones en muchos lugares de trabajo; los cambios tecnológicos son más rápidos que en décadas anteriores; el claro envejecimiento de la población en muchos países genera debates sobre empleo, pensiones y recursos públicos; las redes sociales amplifican los discursos basados en identidades generacionales; y finalmente, sabemos que se repite la historia. De hecho, hay registros desde hace siglos de adultos quejándose de "la juventud de hoy", concretamente desde la antigua Grecia.

   Una sociedad que envejece.

   Es verdad que vivimos un momento histórico singular. Por primera vez en la historia de la humanidad, la esperanza de vida alcanza niveles que hace apenas un siglo parecían imposibles. Cada vez hay más personas mayores y cada vez viven durante más tiempo. Este cambio demográfico obliga a replantear muchas de nuestras ideas tradicionales sobre la edad.

  La esperanza de vida al nacer en Aragón, mi tierra, supera ya los 84,2 años y se sitúa entre las más altas del mundo. El dato va subiendo de forma progresiva y en el último medio siglo ha aumentado en más de una década. Esta realidad es el reflejo directo de los avances en sanidad y de una mejora de las condiciones y los hábitos de vida e impactan, a su vez, en una mayor carga en el sistema de salud.

  La pregunta ya no es simplemente cuánto vivimos. La pregunta es cómo vivimos.Y para responderla resulta imprescindible eliminar las barreras psicológicas y sociales que limitan el potencial de las personas a lo largo de toda la vida.

  Uno de los últimos libros que han caído en mis manos se titula: El regalo de los años del famoso psiquiatra afincado en Nueva York, Luis Rojas Marcos, en el que plantea una idea central muy sencilla: envejecer no es solo un proceso de pérdidas, sino también una etapa que puede vivirse con bienestar, sentido y satisfacción si se afronta de forma activa y consciente.Rojas Marcos plantea:

        Aceptar la realidad del envejecimiento, sin negarla ni dramatizarla.

    Mantener una actitud optimista y resiliente, porque la forma de interpretar los acontecimientos influye en la calidad de vida.

    Cuidar las relaciones personales, consideradas uno de los mayores factores de bienestar en edades avanzadas.

        Seguir teniendo proyectos, responsabilidades y objetivos, aunque cambien con los años.

    Aprovechar la sabiduría acumulada por la experiencia, que puede compensar muchas pérdidas asociadas a la edad.

        Combatir el aislamiento y la soledad, dos de los principales riesgos de la vejez.

        Tomar las riendas de la propia vida, en lugar de dejar el bienestar al azar o a la suerte.

    Su libro no se centra tanto en prolongar la vida como en aumentar los años vividos con bienestar, lo que los investigadores llaman healthspan (años de vida en buena salud).  Envejecer bien depende menos de la genética de lo que solemos pensar y más de mantener cinco pilares: relaciones sociales sólidas, actividad física regular, propósito vital, estimulación mental continua y hábitos saludables sostenidos.

    Curiosamente, esos cinco pilares coinciden con las características que aparecen una y otra vez en los estudios sobre personas longevas y en buen estado de salud, desde los octogenarios activos hasta los centenarios.

  Combatir el edadismo no consiste únicamente en proteger a las personas mayores.Consiste en construir una sociedad donde ninguna persona sea juzgada por el número de años que tiene.Porque todos envejecemos.Y la forma en que tratamos hoy a quienes son mayores está definiendo el mundo en el que viviremos mañana.

    La próxima vez que escuches una frase como “ya no tiene edad para eso” o “es demasiado joven para entenderlo”, quizá valga la pena detenerse un instante y preguntarse:

    ¿Estoy describiendo una realidad o simplemente repitiendo un estereotipo?




domingo, 10 de mayo de 2026

EL AMOR

El amor es un vínculo emocional profundo y un sentimiento intenso de afecto, de compromiso y de apego hacia otra persona, ser o concepto.

Más que una emoción, se considera una actitud vital y un proceso psicológico y biológico que impulsa la búsqueda de unión y de empatía, basándose en la confianza y el respeto mutuo.

El amor se manifiesta a través de acciones y actitudes, no solo de sentimientos. Y por eso podemos distinguir diferentes tipos de amor, como:

Amor romántico: Sentir atracción y deseo de construir un proyecto de vida compartido (como el de una pareja).

Amor filial: el afecto incondicional entre padres e hijos.

Amor propio: aceptación y cuidado de uno/a mismo/a.

Amor fraterno: el cariño profundo hacia amigos o hermanos.

Acciones: cuidar, escuchar, respetar la libertad del otro, apoyar y sacrificarse.

Abordemos ahora la diferencia entre el enamoramiento y amor:

El enamoramiento es una "tormenta química" y es involuntario; no eliges de quién te enamoras. Existe una idealización total. No ves a la persona real, sino a una proyección de tus deseos; ignoras sus defectos y exageras sus virtudes. Es pasajero y efervescente. Suele durar entre 6 y 36 meses; una vez que la química cerebral se normaliza, la idealización cae. Puede generar inseguridad, ansiedad por la reafirmación y miedo al rechazo. Se vive como una "montaña rusa".

Cuando te enamoras, te inundas de un cóctel de neurotransmisores y estás literalmente, bajo el efecto de una droga.

Este es el "cóctel de neurotransmisores":

1.El placer te lo da la dopamina: se dispara en el sistema de recompensa (como el núcleo accumbens), generando euforia, energía extrema y una fijación intensa en la otra persona. Es la razón por la que quieres estar con ella todo el tiempo.

2.La obsesión se da por la serotonina: curiosamente, sus niveles disminuyen de forma similar a lo que ocurre en personas con trastorno obsesivo-compulsivo. Esto explica por qué no puedes dejar de pensar en esa persona y analizas cada detalle de sus mensajes.

3.El vínculo es  propio de la oxitocina y vasopresina, las llamadas "hormonas del abrazo", refuerzan la confianza, el apego y la sensación de seguridad.

4.La alerta te la producen la adrenalina y noradrenalina: causan las reacciones físicas: corazón acelerado, manos sudorosas y las famosas "mariposas" en el estómago.

También, la neurociencia ha observado que, al ver a la persona amada, se reduce la actividad en la corteza prefrontal. Como esta zona es la encargada del razonamiento lógico y el juicio crítico, literalmente "dejamos de ver" los defectos del otro. Por eso se dice que el amor es ciego; tu cerebro ha apagado temporalmente su capacidad de juzgar. 

¿Y qué pasa cuando hay una ruptura?

Cuando hay una ruptura, el dolor no es solo mental. Las áreas del cerebro que procesan el dolor físico se activan. El desamor es un síndrome de abstinencia real. Si sientes que te falta el aire o que te duele el pecho, no eres exagerado: tu cuerpo está sanando una herida biológica."

La neurociencia estima que la recuperación total y la reconfiguración de los circuitos neuronales pueden tomar entre 12 y 18 meses. Sin embargo, realizar actividades que generen dopamina de forma saludable (como el ejercicio físico o aprender algo nuevo) ayuda a "recalibrar" el sistema de recompensa más rápido

El "choque" neuroquímico por la caída en picado de la recompensa: los niveles de dopamina y oxitocina (que tu pareja te proporcionaba) caen bruscamente. Tu cerebro sigue buscando su "dosis" habitual de afecto, lo que genera pensamientos obsesivos, la urgencia de revisar redes sociales o de enviar mensajes.

Inundación de cortisol: al interpretar la pérdida como una amenaza, el cerebro dispara los niveles de cortisol (la hormona del estrés). Esto te mantiene en un estado de hiperalerta y ansiedad constante.

Bajón de serotonina: al disminuir este estabilizador del ánimo, aparecen la irritabilidad, el insomnio y la rumiación constante (darle vueltas a lo mismo una y otra vez)

Sin embargo, el amor es otra cosa, es un estado mental sereno y consciente. Se basa en la elección diaria de cuidar el vínculo a pesar de los defectos y dificultades. Implica un conocimiento realista. Aceptas a la pareja con sus "luces y sombras", reconociendo su individualidad y respetando su autonomía. Es estable y profundo. Requiere compromiso, paciencia y trabajo en equipo para perdurar a largo plazo. Proporciona una sensación de paz, seguridad y familiaridad. Es como estar con un mejor amigo que te conoce profundamente.

Si hubiera que poner algún sinónimo del amor podríamos destacar las siguientes palabras: afecto, cariño, apego, admiración, compasión, pasión y vínculo.



La filosofía ve el amor no solo como un sentimiento, sino como una fuerza que mueve el mundo o una decisión racional. Los filósofos han debatido durante siglos sobre su significado ético, espiritual y existencial.

1.Por ejemplo, para Platón, el amor era el deseo de algo que nos falta para alcanzar la perfección. En su obra El Banquete, describe una escala que comienza por la atracción física (la belleza de un cuerpo). Evoluciona hacia la belleza de las almas y el conocimiento, culminando en el "Amor Platónico": que no es un amor imposible, sino el amor a la idea pura de la Belleza y el Bien.

2.Los antiguos griegos no usaban una sola palabra para el concepto amor, sino que distinguían matices que aún usamos hoy.  Por ejemplo, hablaban de Eros, el amor apasionado, sexual y posesivo. De Philia, el amor de la amistad y la lealtad, lo que implica querer el bien del otro de forma recíproca. O Ágape, el amor universal, incondicional y desinteresado (como el amor a la humanidad o a Dios).

3.Contrario a la idea de que el amor "te sucede", Aristóteles lo definía como "querer el bien para otro". En la Edad Media, Santo Tomás de Aquino reforzó esta idea y decía: amar es un acto de la voluntad. No es solo una emoción pasajera, sino una elección constante de buscar lo mejor para la otra persona.

4.Para Arthur Schopenhauer, el amor es un engaño de la naturaleza, una "trampa de la especie" para asegurar la reproducción. Creía que el enamoramiento es un estado de demencia temporal que nos ciega para que cumplamos el objetivo biológico de procrear, sin importar si la pareja nos hace realmente felices a largo plazo.

5.El filósofo español José Ortega y Gasset decía que el amor es un "fenómeno de la atención". Estar enamorado es tener la atención tan fija en alguien que el resto del mundo se vuelve borroso. Además, defendía que amar a alguien revela quiénes somos realmente, pues elegimos aquello que resuena con nuestra esencia.

6.Erich Fromm, en "El arte de amar", propone que el amor no es un sentimiento espontáneo, sino un arte activo que requiere conocimiento, esfuerzo y disciplina. Se basa en cuatro pilares fundamentales—cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento—para superar el sentimiento de estar separado, al ser fuente de angustia humana, mediante la práctica consciente.

7.Simone de Beauvoir decía que el amor auténtico es el encuentro de dos libertades. Y si nos enseñaron que amar es buscar una 'media naranja' que nos complete, nos educaron mal porque eso sería amar desde la carencia.

8.Por último citaré a un filósofo coreano y actual: Byung-Chul Han  (Premio Princesa de Asturias), quién resalta: amar requiere la valentía de dejarse herir y alterar por el otro. "No es: 'te necesito para ser alguien', sino: 'soy un ser íntegro y elijo compartir mi camino contigo'.   

Cambiemos de registro, a nuestro campo, la psicología. Pues una teoría fundamental en psicología y a considerar en el amor es la Teoría del Apego: 

La psicología nos dice que no elegimos a nuestras parejas al azar. John Bowlby y Mary Ainsworth descubrieron la Teoría del Apego. Según cómo te cuidaron de niño, creaste un 'manual de instrucciones' emocional. Las experiencias tempranas moldean cómo los adultos gestionamos el estrés y la intimidad en las relaciones amorosas y sociales. Los modelos internos construidos en la infancia determinan las expectativas que tenemos sobre los demás. Podríamos destacar los siguientes estilos de apego:

Apego ansioso: si el cariño en la infancia fue intermitente, hoy quizás sientes pánico al abandono y necesitas reafirmación constante. Produce una búsqueda constante de afecto, alto temor al abandono y necesidad de validación externa, que a menudo causa angustia.

Apego evitativo: si aprendiste que mostrar vulnerabilidad era peligroso, hoy pones paredes cuando alguien se acerca demasiado. Buscas la autosuficiencia, manteniendo distancia emocional, lo que dificulta la intimidad y provoca el rechazo a la vulnerabilidad.

Apego seguro: genera relaciones basadas en la confianza, la autonomía, la seguridad emocional y la buena comunicación.  

Apego desorganizado: mezcla miedo y deseo de conexión, frecuentemente derivado de traumas, lo que causa comportamientos inestable.

¿Reconoces tu estilo de apego?

Tienes que saber que reconocerlo no es una condena, es el primer paso para sanar y corregir si algo va mal.

Una curiosidad de pareja: el/la ansioso/a y el/la evitativo/a se atraen como imanes, repitiendo un baile de persecución y huida que les agota. Ambos confirman sus miedos inconscientes: el ansioso confirma que "lo van a abandonar" y el evitativo confirma que "van a invadir su espacio”.

¿Y cómo romper ese baile agotador? Pues no es fácil, requiere mucha autoconciencia.  El ansioso necesita aprender a autorregularse y dar espacio. El evitativo necesita aprender a comunicar su necesidad de espacio sin desaparecer y a acercarse poco a poco al otro/a.

Suelen ser relaciones que generan mucha dependencia emocional y desgaste. E igual necesitan pasar por terapia si quieren seguir compartiendo trayecto vital, sin morir en el intento.

Otra teoría interesante es el Triángulo de Sternberg  o la teoría triangular del amor.

Para Sternberg el amor no es solo pasado, es construcción presente. Este psicólogo propone que el amor sólido tiene tres pilares, lo que yo llamo el "IPC", que no es la subida de precios... y ahora verás porqué:

Intimidad: la conexión y confianza profunda.

Pasión: el deseo y la chispa física.

Compromiso: la decisión consciente de quedarse.

Un amor pleno necesita equilibrar estas tres fuerzas, entendiendo que el equilibrio no es estático pues se trabaja cada día."

Veamos las 7 combinaciones posibles en relación con el amor. Te invito a que observes con cuál de ellas te identificas más:

Cariño: solo hay intimidad. Es la base de una amistad verdadera, pero sin deseo sexual ni planes de vida juntos.

Encaprichamiento: solo hay pasión. Es el "amor a primera vista" o una aventura puramente física; suele ser intenso pero fugaz.

Amor vacío: solo hay compromiso. Se ve en parejas que siguen juntas por costumbre, por los hijos o por religión, aunque ya no haya deseo ni confianza.

Amor romántico: Intimidad + Pasión. Hay mucha química y cercanía emocional (como en el inicio de un noviazgo), pero aún no se ha consolidado un proyecto de vida.

Amor sociable (o de compañeros): Intimidad + Compromiso. Existe un gran cariño y decisión de seguir juntos, pero la llama de la pasión se ha apagado. Muy común en matrimonios de muchos años.

Amor fatuo: Pasión + Compromiso. Son esas relaciones que van muy rápido: se conocen y se casan enseguida. Hay deseo y voluntad, pero no se conocen realmente (falta intimidad).

Amor consumado: es el equilibrio de los tres vértices (intimidad, pasión y compromiso). Es el ideal al que muchos aspiran, aunque Sternberg advierte que lo difícil no es alcanzarlo, sino mantenerlo.

Un último amor que me gustaría tratar es el amor bondadoso o Metta al que se refieren los budistas.

Estamos hablando de los cuatro Inconmensurables o moradas celestiales. Son cuatro actitudes o virtudes sublimes que el budismo cultiva para liberar la mente de emociones aflictivas y transformar la relación con uno mismo y con los demás. Se llaman "inconmensurables" porque su práctica se extiende hacia un número infinito de seres, sin exclusión ni límites:

Metta (Amor Bondadoso): es el deseo genuino de que todos los seres sean felices y posean las causas de la felicidad. Su práctica ayuda a contrarrestar el odio y la mala voluntad.

Karuna (Compasión): es el anhelo de que todos los seres se liberen del sufrimiento y de sus causas. A diferencia de la pena, la compasión busca activamente el cese del dolor ajeno.

Mudita (Alegría Empática): es el regocijo por la felicidad, las virtudes y el éxito de los demás. Sirve como el antídoto directo contra la envidia y los celos.

Upekkha (Ecuanimidad): es un estado de paz y equilibrio mental que trasciende el apego hacia los seres cercanos y el rechazo hacia los lejanos o enemigos. Permite tratar a todos por igual, sin prejuicios ni perturbaciones

Cultivar estos estados ayuda a purificar la mente de los llamados "venenos" espirituales. Estos estados nos enseñan que el amor más elevado no busca poseer, sino liberar."

Recuerda que el amor es un poliedro: es química, es herida, es decisión… es espíritu. Entender sus sombras te permitirá caminar hacia la luz en tus relaciones.

Cultivar el amor, quizás se parezca más a cuidar un jardín que a encontrar una “fórmula”, y por eso necesitamos ser nuestros mejores jardineros, nuestras mejores jardineras, para cuidar esa joya tan preciada y vital llamada AMOR pues ya decía Víctor Hugo que: “La vida es una flor cuya miel es el amor.”

viernes, 6 de marzo de 2026

ANSIEDAD

  

   

 ¿Alguna vez te has sentido un poco abrumado/a, o quizás llevas días con esa sensación de notar un nudo en el estómago que no sabes muy bien cómo explicar?

   O quizás te sientas identificado/a con esta escena: imagina que estas sentado/a en el sofá, o intentando dormir, y de la nada... ¡pum! El corazón se acelera, la respiración se vuelve corta y tus pensamientos empiezan a gritarte desastres que aún no han ocurrido y rumias introduciendo frases con el famoso ¿y si…?

   ¿Y por qué cuando estás ansioso/a el cuerpo reacciona como si un león estuviera entrando por la puerta?

    Pues bien, he de decirte algo importante para empezar: “que no estás fallando, que lo que sientes tiene una explicación y, sobre todo, que tiene una función…

    En psicología y neurociencia hablamos mucho de la amígdala, no la de la garganta, sino una pequeña estructura del cerebro que parece una almendra y es el detector de humo, porque su único trabajo consiste en mantenerte vivo/a  y pertenece al llamado cerebro primitivo.

    Cuando la amígdala detecta una amenaza (que hoy en día suele ser un pensamiento como 'me van a despedir' o 'no soy suficiente bueno/a'), activa el Eje HHA (hipotálamo-hipófisis-adrenal), que es una cadena de mando, es decir: el hipotálamo le avisa a la hipófisis, y ésta a las glándulas suprarrenales.  Y ¿cuál es el resultado?  Pues desgraciadamente, una inundación de cortisol y adrenalina en tu sangre.

    La adrenalina es como un sprint o una acción inmediata, es decir, es como un botón de pánico. Es rápida y su efecto se siente al instante. Su trabajo es prepararte para "luchar o huir", aumentando la velocidad a la que circula la sangre y haciendo que el corazón lata mucho más rápido para enviar sangre a los músculos. Y su efecto visible, se te dilatan las pupilas, dejas de sentir cansancio por un momento y tu respiración se acelera. El objetivo final de este chute es darte una explosión de energía que dure unos minutos.

    Si la adrenalina es el botón de pánico, el cortisol es el gerente de recursos. Y su función principal es asegurar que el cuerpo tenga energía suficiente para aguantar el envite del estrés durante más tiempo. En la sangre libera glucosa (azúcar). Básicamente, le dice al hígado: "saca todas las reservas de azúcar a la sangre, porque necesitamos combustible ahora mismo". Hay un ahorro de energía pues detiene procesos que "no son urgentes" en ese momento, como la digestión o el sistema inmune, para que toda la energía se concentre en la emergencia citada.

    Estas sustancias, tanto la adrenalina como el cortisol, son increíbles para salvarnos la vida, pero si el estrés es constante (estrés crónico), y el cortisol se queda "viviendo" en nuestra sangre demasiado tiempo, lo que puede hacernos sentir cansados, inflamados o con bastantes dificultades para dormir.

    Lo curioso es que, mientras esto pasa, ocurre algo llamado “secuestro de la amígdala o secuestro amígdalar”. Tu parte racional, la corteza prefrontal (la que toma decisiones lógicas) el llamado cerebro pensante evolucionado, se 'apaga' momentáneamente. Por eso, cuando tienes ansiedad, no puedes simplemente 'pensar en positivo'. Tu cerebro lógico no tiene el control en ese momento porque lo tiene tu cerebro de supervivencia."

    Y entender esto es liberador, porque dejas de culparte por no poder calmarte solo con la voluntad. Tu cuerpo está haciendo exactamente lo que fue diseñado para hacer hace miles de años: prepararse para correr o pelear, para luchar o huir. El problema es que no hay nada contra qué pelear o huir en tu sala de estar cuando estás solo/a sentado/ en tu sofá.

    El otro día leía una entrevista que le hacían en un periódico local al Dr. José Luis Marín, psiquiatra con más de 40 años de experiencia y presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia. En ella resaltaba que debe abordarse la ansiedad no solo como un síntoma biológico, sino como una respuesta profunda a la historia emocional del individuo. Es como un "grito de alarma", una señal de alerta del cuerpo que indica que algo en la vida de la persona o en su entorno no está funcionando bien.

    El autor defiende que gran parte de la ansiedad clínica tiene raíces en el trauma relacional temprano, como el abandono, la negligencia o la falta de sintonía afectiva con los cuidadores durante la infancia. Explica que el cuerpo "grita lo que la mente calla", manifestando el estrés crónico y los traumas no procesados a través de síntomas físicos y de la propia ansiedad. Y propone una psicoterapia integradora que combine la teoría del apego y el estudio del trauma, priorizando la pregunta: "¿qué te ha pasado?",sobre la pregunta tradicional: "¿qué te pasa?", para entender el contexto vital del paciente.

    Cuestiona la tendencia de "psiquiatrizar" el malestar, señalando que tratar la ansiedad únicamente con medicación a menudo silencia el síntoma sin resolver el conflicto emocional subyacente. Como dato, hay que señalar que  6 de cada 100 habitantes, de mi tierra Aragón por ejemplo, toma medicamentos a diario para la ansiedad en un país que se sitúa, atención, a la cabeza mundial en consumo de benzodiacepinas y que suma y sigue. De esta situación no se libran ni los más pequeños o jóvenes, a cuyo sufrimiento hoy acompañan etiquetas que condicionan su desarrollo

    Añade que estamos medicalizando el miedo y le llamamos ansiedad. El malestar existe, pero igual en vez de un psicólogo necesitamos un abogado, un comité de empresa, un sindicato o un parlamento. En definitiva, necesitamos cambios sociales y no cambios en los neurotransmisores.

  Ciertamente, hay situaciones comunes donde una persona suele sentirse ansiosa, por ejemplo si percibimos amenazas a nuestra seguridad y estabilidad. Aunque ya no nos enfrentamos a depredadores, nuestra mente detecta como "peligros de muerte" situaciones modernas como la inestabilidad laboral, el miedo a perder el empleo o no poder pagar las facturas del mes; los problemas de salud o la preocupación excesiva por síntomas físicos o diagnósticos médicos.

  También en situaciones de juicio social tenemos miedo al rechazo. Para nuestros antepasados, ser expulsado de la tribu significaba morir y por ello, la ansiedad surge con fuerza en interacciones sociales, como el miedo a hacer el ridículo en público o a no "encajar"; además estamos comparándonos constantemente y esto es especialmente amplificado por las redes sociales, donde nos medimos frente a estándares irreales de éxito o belleza.

   Otro tema importante de ansiedad son los conflictos familiares, el temor a decepcionar o molestar a seres queridos.

   Incluso por el rendimiento y la incertidumbre, pues la ansiedad aparece cuando sentimos que debemos tener el control o ser perfectos. O al tomar decisiones difíciles nos somete por el miedo a elegir la opción "equivocada" y las consecuencias que esto puede conllevar. 

    La búsqueda implacable e insaciable de la felicidad es una situación que genera ansiedad por sí misma, con esa presión por estar feliz. Cuando algo bueno sucede, la persona puede sentir ansiedad por la posibilidad de que esa alegría termine ("ansiedad inducida por la alegría").

    Y paradójicamente, tenemos que "sentirnos bien"… como la consulta de un paciente  a un doctor porque padecía una vida normal y le preguntaba qué le pasaba. ¿Qué me pasa doctor, que padezco una vida normal? Como si siempre nos faltara algo para conseguir ese otro algo, que no sabemos muy bien qué es, y cuando lo tenemos vamos a por otra cosa porque somos insaciables.

    En cierta ocasión iba un hombre por la calle manejando dos palos y haciendo ruido extraños entre ellos, cuando le preguntaron qué hacía respondió: “no ves, estoy ahuyentando leones”. Pero aquí no hay leones señor,… y este respondió: claro, porque yo los he espantado a todos.

    Robert Sapolsky escribió el libro: "¿Por qué las cebras no tienen úlcera?, un clásico de la psicobiología. La premisa que plantea para explicar la ansiedad moderna, es brillante. Dice que una cebra solo se estresa cuando un león la persigue. Una vez que escapa, su cuerpo vuelve al equilibrio en minutos. Y los humanos, en cambio, activamos esa misma respuesta física por causas puramente psicológicas (el tráfico, una hipoteca, una crítica…)

    Como explica Robert Sapolsky, el problema humano es que activamos una respuesta física diseñada para una emergencia de 30 segundos, pero la mantenemos encendida durante 30 años, por preocupaciones mentales.

  Otra personalidad científica de vanguardia es Dr. Judson Brewer,  psiquiatra y neurocientífico de la Universidad de Brown que nos habla “del bucle del hábito" de la ansiedad. Él propone que la ansiedad a menudo se convierte en un hábito. La rumiación (darle vueltas a lo mismo) es una conducta que el cerebro usa para intentar "sentir que tiene el control", aunque en realidad solo aumenta el estrés. Brewer nos dice que la preocupación es como un bucle. Creemos que preocuparnos nos ayuda a resolver problemas, pero en realidad es solo una forma en la que el cerebro intenta calmarse sin ningún tipo de éxito.

   Aunque puede parecer que rumiar es una forma de enfrentar los problemas, a menudo conduce a más sufrimiento y estrés. Comprender las razones detrás de la rumiación y aprender estrategias para manejarla es crucial para mejorar la salud mental y el bienestar general, porque al tomar medidas para romper el ciclo de pensamientos repetitivos, es posible encontrar una mayor paz mental y una vida más equilibrada.

     Y te lanzo otra nueva pregunta, ¿crees que las personas con ansiedad comparten algún tipo de rasgo de personalidad que les caracteriza?

    Pues podríamos decir que sí.

    Hay tres tipos de personalidades que pueden llegar a tener más ansiedad por su forma de ser y actuar, que son: los/as autoexigentes; los/as excesivamente amables; y los/as neuróticos/as. Veamos…

  La autoexigencia se da en personas responsables, disciplinadas y perfeccionistas, acostumbradas a ofrecer el máximo rendimiento en todo aquello que llevan a cabo. Hay quienes desde que son pequeños aprenden que "el reconocimiento llega cuando hacen las cosas bien, y eso se traduce en una “necesidad de control" y el problema llega cuando la exigencia pasa de ser una simple motivación para mejorar a convertirse en un peso con el que lidiar en el día a día. Para poder acabar con este patrón la persona autoexigente sublime tendría que entrenar la flexibilidad y ser capaz de aceptar que los errores son parte del proceso y que no todo depende del esfuerzo personal.

     Los segundos candidatos a la ansiedad son los "demasiado amables". A pesar de que pueda parecer sorprendente, muchas personas que sufren ansiedad llegan a dar tanta prioridad a las necesidades de los demás que se olvidan de las suyas propias. A estos individuos les cuesta decir “no” y, al tratar de contribuir al bienestar de los demás, terminan por sobrecargarse. "Ser empático es positivo, pero cuando se hace a costa del propio equilibrio, la factura emocional llega" por lo que es fundamental aprender a poner límites sin culpa, siendo conscientes de que hacerlo no supone convertirse en una persona egoísta, sino que "te hace coherente y asertivo/a".

   Finalmente, los/las candidatos/as del tercer rasgo característico de las personas con ansiedad, son los abonados al neuroticismo, es decir, aquéllos y aquéllas que tienen una "alta reactividad emocional". A estas personas, un pequeño contratiempo puede alterarles el ánimo durante horas, y todo ello "no es debilidad, sino que tienen un sistema nervioso más sensible". Para poder hacer frente a esta adversidad hay que encontrar y cultivar rutinas que favorezcan un estado de calma en el día a día y que pueden variar de unas personas a otras. Se puede recurrir a prácticas que van desde la meditación al descanso consciente, además de adoptar una actitud más compasiva con uno/a mismo/a.

   Los trastornos de ansiedad causan mucho sufrimiento a la persona que los padece, y es uno de los motivos más frecuentes de consulta en terapia psicológica. La ansiedad es una condición que provoca síntomas tanto físicos como psicológicos -cambios en nuestra forma de actuar,  en la manera de pensar o cómo se percibe el entorno  y   en el cuerpo, con palpitaciones o sequedad de boca,…- y afecta a millones de personas en todo el mundo. 

   Los individuos pueden experimentar la ansiedad de manera diferente, y mientras unos sufren ataques agudos de pánico por sus pensamientos catastróficos, otros experimentan los síntomas ansiosos en situaciones sociales. Y también hay personas que tienen una preocupación y ansiedad excesiva, irracional y persistente.

   Por todo ello los psicólogos y psiquiatras han creado categorías para distinguir y tratar los distintos tipos de ansiedad, y son:

  Trastorno por Estrés Post Traumático (TEPT), Trastorno de pánico, Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAD), Fobia Social, Agorafobia, Fobia específica y el Trastorno obsesivo compulsivo. 

  Es importante que distingamos entre lo que es un ataque de ansiedad y un ataque de pánico.  La ansiedad aguda se construye de forma gradual y suele estar ligada a la preocupación específica como ya hemos dicho: trabajo, salud, dinero…, sobre todo de futuro y puede durar horas o días; con tensión muscular, fatiga, sudoración, palpitaciones, dificultad para concentrarse, sensación de falta de aire y fatiga, irritabilidad o inquietud y problemas de sueño.

    Sin embargo el pánico aparece de forma súbita, repentina; es brusco y explosivo como una intensa oleada de miedo. A menudo ocurre de la nada, sin un peligro real o causa aparente;  alcanza su pico máximo en 10 minutos, generando palpitaciones intensas o sacudidas, dificultad para respirar con sensaciones de ahogo; dolor de cabeza, calambres, hormigueos, incluso temblores, con un terror a morir o a perder el control; con despersonalización, sensación de no ser uno mismo o desrealización o desconexión de la realidad.

  Después de examinar teorías, rasgos de personalidad, tipos de trastornos y sabiendo porqué nuestro cerebro se pone en modo 'supervivencia', ahora vamos a aprender a apagar la alarma. ¿Me acompañas?

   Para calmar la mente, primero hay que calmar al cuerpo. No puedes convencer a una mente ansiosa de que se relaje si el cuerpo siente que está muriendo. "Como dice el neurocientífico Joseph LeDoux, a veces nuestro cuerpo reacciona antes de que nuestra mente siquiera entienda qué está pasando. Estamos diseñados para sentir antes que para pensar. Por eso la ansiedad se siente tan física y tan real  y no podemos simplemente 'decirle' a nuestro corazón que deje de latir rápido; tenemos que hablarle al cuerpo en su propio idioma: la respiración". Así que vamos a practicar ese 'atajo' biológico de la respiración…

    El primer ejercicio que te propongo es la respiración "3-4-6-4" para relajar tu sistema nervioso activando el nervio vago:

    Primero vamos a practicar el proceso de inhalar por la nariz durante 3 segundos... 1, 2, 3, cogiendo el aire desde el estómago y sintiendo como se expande e hincha al bajar tu diafragma. Es importante que lo hagas desde el estómago para que luego sientas como se expanden tus pulmones, notando que el aire llega hasta la zona clavicular e incluso sintiendo como el aire llega a tu cerebro,… esta combinación es la llamada respiración completa. 

   Segundo. Ahora se trata de hacer una parada después de inhalar, o sea mantener el aire, unos 4 segundos... siente la pausa.

    Y por último exhala por la boca como si soplaras una vela, con fuerza, en 6 segundos.

    (Pausa de 4segundos).  Y vuelta a empezar.

    Al hacer la exhalación más larga que la inhalación, le estás enviando un mensaje directo a tu cerebro: 'No hay peligro, puedes relajarte”.

   Y también estás activando tu sistema nervioso parasimpático que es el que te permite frenar, pues el sistema nervioso simpático está muy revolucionado y acelerado.

    Si no te sale puedes comenzar con 2-3-4-3 o superarte y hacer 4-7-8-4


El segundo ejercicio es para volver a tu presente de forma consciente y a través de tus sentidos, lo que te permitirá que los pensamientos sigan su curso pues seguramente irán a mil por hora. Se llama Técnica de Anclaje 5-4-3-2-1.

Nombra en voz baja o para ti mismo/a:

5 cosas que veas ahora mismo, sin juzgar ni entrar en detalla, sólo nombrarlas…

4 cosas que puedas tocar  ahora (la textura de tu ropa, la silla).

3 sonidos que escuches en este momento.

2 cosas que puedas oler.

Y…1 cosa que puedas saborear, que puede ser tragar la propia saliva.

    El poner en marcha tus sentidos de esta manera consciente va a despertar tu corteza prefrontal y le quitará el micrófono y el protagonismo a la ansiedad.

    ¿Te ha gustado? Pues ya ves que es muy fácil hacer lo anterior y muy importante es que es gratis, eso sí, deberías de entrenarlo antes de como medida preventiva. Anímate!

     Russ Harris, tiene un libro que os recomiendo encarecidamente que se llama: La trampa de la felicidad y que está basado en la Terapia de Aceptación y Compromiso, de la que te he hablado en algún otro podcast, porque fue la base de mi doctorado. Entre otras cosas, nos describe muy bien las trampas en la que caemos habitualmente. Una de ellas es la "fusión", es decir, creer que nuestros pensamientos son la realidad absoluta. Y otra es el "interruptor de la lucha, que nos hace combatir emociones incómodas, amplificándolas, provocándonos mayor malestar. 

    Harris utiliza esta metáfora “el interruptor de la lucha” para explicar que, cuando intentamos suprimir la ansiedad, activamos un círculo vicioso de "ansiedad por estar ansioso", es como querer separarnos de nuestra propia sombra y lo que hacemos es correr más, sin quitárnosla de enmedio. La acción recomendada es apagar ese interruptor, permitiendo que la emoción esté presente sin resistirse a ella.

  También propone separarse de los pensamientos, ver los pensamientos ansiosos simplemente como "palabras e imágenes" que pasan por la mente, en lugar de verdades peligrosas. El pensamiento es pensamiento…

    Y hacer sitio con aceptación. En lugar de luchar o huir, describe el acto de "hacer espacio" para la sensación física de la ansiedad, observándola con curiosidad como si fueras un científico, permitiéndole ir y venir a su propio ritmo.

   En definitiva, aceptar, porque somos algo más que pensamientos, sentimientos o conductas.

    Y además, entre el estímulo y la respuesta hay algo cada vez más valioso a considerar: tu libertad (esto último digo yo porque así lo creo y lo siento)… esto te lo dejo para pensar.

    Imagina por un momento que tu mente es como un autobús. Un pedazo de autobús, de los más modernos que hay en el mercado, lleno de niños que van de excursión o de abuelos del IMSERSO que van a Benidorm. Ahora imagina que tú eres el/la conductora y los pensamientos ansiosos son "pasajeros ruidosos". La pregunta sería: ¿pararías el bus y echarías a los más bulliciosos?

    Aunque no fuera por ganas, la acción clave es no echarlos (porque te distraería del camino, podrías tener un accidente, te las verías con sus abogados…), tienes que seguir conduciendo… hasta el hotel de Benidorm o la Granja Escuela… en definitiva, hacia lo que valoras en tu vida, mientras ellos (tus pensamientos, los pasajeros) siguen gritando en la parte de atrás.  

    Otros ejercicios prácticos  que te recomiendo, como preventivos:

1. Para manejar los pensamientos tratarlos de esta manera: “Ahora, en este preciso instante estoy teniendo el pensamiento de que..." y describirlo hasta ponerle un punto final.

2. Ante un pensamiento ansioso como "Voy a fallar", cámbialo a: "Estoy notando que estoy teniendo el pensamiento de que voy a fallar". Esto crea una distancia inmediata.

3. Ponerle una voz ridícula: Imaginar el pensamiento ansioso narrado por un personaje de dibujos animados para restarle autoridad. –mardito roeedoorrr o pecador de la praderaaaaa….-

4. Y agradecer a la mente, decirte: "Gracias mente, por este pensamiento tan interesante/preocupante, estás haciendo un buen trabajo… reconociendo que su función evolutiva es intentar protegerte, aunque no siempre sea útil.

5. Finalmente tendrías que buscar un foco de atención fuera de tus pensamientos, un ancla en ese barco a la deriva o un lugar al que siempre volver, como es tu casa, eres tú. Y para ello las prácticas de mindfulness, como algunas de las anteriores, son geniales y están ampliamente avaladas por la literatura científica.

    Te invito a que practiques mindfulness, atención plena, respiración consciente…

  Y antes de irnos, quiero dejarte esta idea: la ansiedad no se cura como una gripe, se gestiona como el clima. Habrá días de tormenta y días de sol. El objetivo no es no volver a sentir ansiedad nunca más (eso sería peligroso, ¡necesitamos nuestra alarma!), el objetivo es que, cuando la alarma suene, tú sepas que tienes el control de los extintores.

    Si sientes que esta alarma suena demasiado seguido y te impide trabajar, amar o disfrutar, recuerda que pedir ayuda profesional es el acto de valentía más grande que existe. No tienes que cargar con eso a solas.