domingo, 23 de octubre de 2011

VINICIUS


Vinicius se llamaba aquel joven rubio, pecoso, de complexión recia. Su nombre sonaba a gladiador de la antigua Roma o a pariente de algún viticultor de Jerez. Pero no, no era esa la procedencia del llamado. Había sido ocurrencia de su padre, bohemio donde los hubiere, manchego por parte paterna y canario de madre, filósofo en sus tardes libres y mecanógrafo de profesión.

Era un día de aquel junio pegajoso del año tal cuando Vinicius vino al mundo y no precisamente con un pan debajo del brazo, o al menos nadie lo encontró, cuando salió rebotado del regazo de su madre. Había dejado contenta a toda la familia el rubio, algo cabezón, pues todos esperaban niña, a ser posible morena y graciosa de cara, cuando  ¡zas! apareció Vini. Así lo llamaban en casa, Vini por aquí, Vini por allá. Bueno, todos menos la abuela que le había cambiado el nombre por otro más fácil: Ven. Resultando que cuando Ven iba a la abuela era Ven al cuadrado por aquello de Ven ven con la yaya...

Con una infancia solitaria se encontró el joven, porque después del paso de esa edad inicial sin pena ni gloria, ya estaba hecho un hombre.

Pocas cosas le dejaron tanta huella como el día en que se encaró con su profe de filosofía, no podía ser con otro. Vini recibía una explicación sobre la quintaesencia de las cosas en aquella clase no demasiado concurrida y algo aburrida, para todos los pocos seres presentes. De repente el rubio travieso dijo:

-Estimado profesor: me sabe mal cortarle así, pero en el mundo real...

No había acabado de hablar cuando el barbudo y peor vestido profe del pensamiento le contestó:

-Señor Vinicius, debe Ud. recordar que el mundo real constituye una excepción y, por consiguiente, NO NECESITAMOS TENERLO EN CUENTA.

Cabizbajo y triste quedó. Se propuso Vini nunca más preguntar a aquél soberbio y altivo sabelotodo. Y si por casualidad era interpelado en alguna de esas horas, cada vez de más hastío, repensaría tanto su respuesta y llegaría a tal seguridad que la mediocridad dejaría de existir en esa temprana y asquerosa clase.

No hubo ocasión de respuesta y el curso acabó.

Ese mismo verano Vini se enamoró, una vez más, otra de tantas. Aunque aquella era una chica especial, distinta a todas, al menos inicialmente -eso decía de todas las anteriores en los primeros días de euforia, luego se distanciaba hasta abandonar dichas relaciones fugaces donde las hubiere-.

En la orilla del río estaban plácidamente sentados Vini y su chica morena con cara graciosa (lo cual alegraba la vida de los padres de Vini y completaba la presencia familiar desde el nacimiento del rubio). Se cogían de la mano, se daban pequeños besitos, tiraban piedrecitas y jugueteaban a las palabras. De repente a ella se le ocurrió pedir a Veni que le jurase AMOR ETERNO. ¿Amor eterno has dicho? -preguntó Vini-, ¿he escuchado bien?. Sí, si -respondió la morena con cara graciosa , algo asustada-.

Blanco se quedó Vinicius por aquella gran y comprometida pregunta. Se acordó de su profesor, de su mensaje y haciendo un esfuerzo sobrehumano de concentración rebuscó en su mente las palabras que conformaran aquella frase, que nunca pudo contestar con seguridad pasmosa al estúpido filósofo.

Después de unos minutos de silencio VINICIUS respondió a su novia, hasta ese momento:

          -¡Querida, EL AMOR ES ETERNO MIENTRAS DURA!- 


            A lo Chuck Norris – Caro chan      


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