En un lugar de la tierra, de cuyo nombre no logro acordarme, había una vez una isla llamada Utopía.
Utopía tenía como único habitante a un superviviente de un naufragio. Este hombre pasaba los días acompañado de las aves que anidaban y tenían allí su morada.
Se respiraba armonía por los cuatro costados de la isla.
Aquel hombre era feliz por su dicha pero infeliz por su soledad. Estaba acostumbrado a vivir en familia, a hablar con amigos y a otras muchas cosas que recordaba muy a su pesar.
Un día estaba tumbado porque se encontraba cansado y abatido.
Creyó que en ese momento era espiado por una paloma que llevaba un ramito de olivo en su pico. Aquellos ojos los había visto antes pero no sabía dónde.
Se quedó perplejo, encantado, era como un flechazo, necesitaba enamorarse y allí, precisamente allí, estaba su amor.
Poco tiempo pasó hasta que el hombre le pidió a la paloma que fuera su compañera de destino. Para ello la cogió y la ató. Así, la tendría siempre a su lado.
De esta manera veía plasmados todos sus deseos y se sentía el ser más feliz de la creación.
Aquella misma noche se desencadenó una tormenta, parecía el fin del mundo por la fuerza que llevaba. Duró poco tiempo pero fue muy intensa. Hasta tal punto que la isla zozobró arrasada por la corriente. Había sido tragada por su compañero espiritual, el mar.
A la mañana siguiente el sol se quedó sorprendido por no divisar la isla donde la había visto siempre, desde que se llamaba sol. Preguntó entonces al mar qué había pasado y éste le contestó con tristeza pero con firmeza.
¡UTOPÍA DESCANSA EN MIS ADENTROS, LA OBLIGARON A CAMBIARSE DE NOMBRE, AQUEL HUMANO LA QUERÍA LLAMAR REALIDAD!
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