jueves, 27 de noviembre de 2025

LOS VALORES

  

     Los filósofos estudian los valores desde la axiología, no en vano la palabra proviene del griego: axios "valor" y logos "estudio". Se preguntan qué son los valores en sí mismos, si existen de forma objetiva o si son una construcción humana. A diferencia de la psicología, que se centra en cómo los valores afectan a la conducta de los individuos.

     Para los filósofos objetivistas, los valores existen de forma independiente a los seres humanos. Son absolutos y universales. Platón, por ejemplo, creía que la Justicia, la Belleza y la Verdad eran ideas perfectas y eternas que existían en un mundo ideal, y que las acciones humanas solo podían ser un reflejo imperfecto de ellas.

     Por el contrario para los subjetivistas los valores dependen de las preferencias individuales ("lo bueno es lo que a mí me gusta"), mientras que el relativismo afirma que dependen de la cultura o la sociedad ("lo bueno es lo que nuestra sociedad considera bueno"). Esta visión argumenta que los valores no existen por sí mismos, sino que son creados por el ser humano.

    Aristóteles no se centró en valores abstractos, sino en el carácter. Para él, la clave de una buena vida no era seguir reglas, sino cultivar virtudes como la Templanza, la Justicia y el Coraje. Actuar virtuosamente no solo lleva a la felicidad, sino que también nos convierte en la mejor versión de nosotros mismos.

    Immanuel Kant creía en valores universales basados en la razón y el deber. Para él, una acción solo es moralmente correcta si se puede aplicar como una ley universal para todos los seres humanos, sin excepciones. Por ejemplo, el valor de la honestidad no depende de la situación, sino que es un deber racional para todos.

    Nietzsche proclamó la "muerte de Dios" y argumentó que, sin un marco divino, los valores tradicionales han perdido su fundamento. El nihilismo es la creencia de que la vida no tiene un propósito objetivo y que los valores no tienen sentido. Sin embargo, Nietzsche no se detuvo ahí; llamó a la humanidad a crear sus propios valores, a través de la figura del superhombre, que no se conforma con los valores heredados sino que los redefine con su propia voluntad.

    En resumen, mientras la filosofía debate el "qué" y el "dónde" de su existencia, la psicología explora el "cómo" y el "por qué" de los valores en nuestras vidas.

    Viktor Frankl  es uno de los autores más importantes y directos en el tema de los valores. Frankl, psiquiatra y neurólogo, sobrevivió a varios campos de concentración nazis.   Para Frankl, la búsqueda del sentido de la vida es la principal fuerza motivacional del ser humano. Este sentido se encuentra a través de la vivencia de los valores. Destacaba los valores de creación como la realización de una obra o un trabajo; valores de experiencia como experimentar algo valioso, como el amor, la belleza de la naturaleza o la apreciación del arte; valores de actitud como frente a un sufrimiento inevitable o una situación inmutable.

    Por cierto, os recomiendo, si no lo habéis leído todavía el libro de Viktor Frankl: “El hombre en busca de sentido”

    Otro autor destacado humanista es Carl Rogers, que habla de la autorrealización como la tendencia innata del ser humano a desarrollarse y alcanzar su máximo potencial. Para él, un individuo sano y plenamente funcional vive en congruencia con sus propios sentimientos y valores, en lugar de vivir para complacer a otros o seguir un "guion" impuesto por la sociedad.

    El concepto de la "persona plenamente funcional" de Rogers implica que la persona es capaz de elegir libremente sus propios valores y actuar en consecuencia, lo que lleva a una vida más auténtica y satisfactoria.

    Lawrence Kohlberg se enfoca en el razonamiento moral, los valores están en el corazón de su teoría. Propuso que las personas progresan a través de una serie de seis etapas en su capacidad para razonar sobre lo que es moralmente correcto. En las etapas más avanzadas el individuo se guía por principios éticos universales que se asemejan mucho a los valores (por ejemplo, la justicia o la dignidad humana), en lugar de seguir solo las reglas de la sociedad.

   Schwartz es uno de los investigadores más influyentes y contemporáneos en el estudio de los valores a nivel global. Desarrolló una teoría de los valores humanos básicos que identifica 10 tipos de valores motivacionales universalmente reconocidos:

  • Conservación: Tradición, Conformidad, Seguridad.
  • Autotranscendencia: Benevolencia, Universalismo.
  • Apertura al cambio: Autodirección, Estimulación.
  • Auto-realzamiento: Hedonismo, Logro, Poder.

    En el marco de la Psicología Positiva, un estudio muy interesante es el modelo propuesto por Seligman y Peterson (conocido como la clasificación VIA de las Fortalezas de Carácter y Virtudes), estableciendo una distinción clara y funcional: 24 fortalezas de carácter, que son valores abstractos que definen formas de actuar. En la cima del modelo se encuentran seis grandes virtudes universales, que son esencialmente valores amplios y abstractos que la humanidad siempre ha apreciado: Sabiduría y Conocimiento; Coraje; Humanidad; Justicia; Templanza y Trascendencia.

    Si tienes problemas para nombrar tus valores, mira tus fortalezas. Pregúntate: ¿Cuáles son mis mayores fortalezas (creatividad, persistencia, amabilidad)?. Detrás de cada una de ellas hay un valor más grande. Si tu mayor fortaleza es la Persistencia, es muy probable que tu valor central sea el Compromiso o el Logro.

    Otro autor muy recomendable es Steven Hayes, de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT, por sus siglas en inglés), es una de las terapias de tercera generación y es la que más énfasis pone en los valores. En ACT, los valores nos indican un camino como el de la estrella polar; no son metas a alcanzar, sino direcciones de vida, elegidas libremente. Con los valores definimos cómo queremos el mundo futuro y la forma ideal de cómo nos gustaría vernos en él.

    Los valores dan lugar a comportamientos que podemos seguir en cualquier momento y en cualquier circunstancia, pues son cualidades de las acciones que realizamos. No son sentimientos ni cosas ni  objetivos. Un valor lo ponemos en marcha cuando actuamos: es la propia actuación, mientras que el objetivo lo obtenemos como consecuencia de lo que hemos hecho. Un ejemplo clarificador: casarse sería un objetivo y amar sería un valor.

    Los valores nos guían pero no nos aseguran que nuestras decisiones sean siempre infalibles. La dirección en la que queremos avanzar en la vida es una elección personal, nuestra, y debería tener el menor número de influencias externas posibles. Pero estamos muy presionados por muchos factores: sociedad, edad, trabajo, familia, entorno…etc. Es conveniente descubrir lo que realmente nos importa, teniendo en cuenta todas esas influencias, pero haciéndolo de la forma más libre posible.

    Nuestros valores los establecemos nosotros, existen en nuestra mente y los construimos con nuestro pensamiento. Toda elección supone un salto al vacío. Incluso nuestros miedos pueden ayudarnos a descubrir nuestros valores y si no véase la fábula de la zorra y las uvas, que dice así:

    Había una vez una zorra que estaba muy hambrienta. Conocía una viña en la que había unas uvas fabulosas, pero una amiga, otra zorra, le había contado que la vigilaba un terrible mastín… Se acercó a la viña y vio a lo lejos un magnífico racimo. Se quedó mirándolo durante un buen rato, pero la figura del mastín le venía con fuerza a la mente. Finalmente se dio la vuelta y se dijo a sí misma: “no me gustan, no están maduras”. No llegó a comprobar que su amiga le había hablado del mastín para que no fuera y poder comerse ella todas las que quisiera.

    Moraleja: los miedos y dificultades para obtener lo que queremos nos pueden inducir a engaño haciéndonos creer que en realidad no queremos lo que estamos deseando.

    La terapia ayuda a los individuos a clarificar qué es lo más importante para ellos (sus valores) y luego a tomar acciones comprometidas en esa dirección, incluso cuando experimentan pensamientos o sentimientos difíciles.

    Con este ejemplo que hacemos en la terapia lo verás mejor: Se llama inventario de valores y abarca las siguientes áreas:

1.- Matrimonio, pareja o relaciones íntimas: aquí nos planteamos cómo queremos que sean nuestras relaciones.

2.- Relaciones familiares y con nuestros hijos: aquí tendríamos que describir cómo nos gustarían que fueran las relaciones con esas personas tan claves en nuestra vida.

3.- Tiempo libre y descanso: incluye hobbies, deportes,… actividades en las que nos involucramos o nos gustaría hacerlo.

4.- Amistad y relaciones sociales: debemos plantearnos cómo concebimos ser un buen amigo/a y cómo nos gustaría tratar y que nos tratasen.

5.- Trabajo y carrera profesional: nos planteamos qué tipo de trabajo nos gustaría hacer en un mundo ideal y qué clase de trabajador/A, o qué relaciones tendría con mis jefes.

6.- Educación: que aunque relacionada con el área anterior, a veces hay que separarlas si nuestros interés abarcan otras áreas del conocimiento y del saber, que no tienen que ver solo con conseguir un empleo.

7.- Crecimiento y desarrollo personal: qué tipo de persona nos gustaría llegar a ser y qué cambios podríamos ir haciendo.

8.- Espiritualidad: no solo en relación con lo religioso sino en un sentido más amplio y universal.

9.- Ciudadanía, política e inquietudes sociales: que tienen que ver con la ecología, voluntariado, sindicatos, partidos o cambios sociales que desearíamos.

10.- Salud, bienestar físico y mental: incluimos los ideales que tenemos cerca del comportamiento saludable, por ejemplo en relación a la comida, a fumar, al estrés o a la salud mental.

    Después de definir los valores, tenemos que definir los objetivos que nos planteemos en cada área anterior y preguntarnos ¿para qué quiero alcanzar ese objetivo? o ¿qué haré cuando lo alcance?... P.e. mi objetivo es ganar dinero para comprarme un coche y cuando lo tenga viajaría para conocer gente nueva. Y esto último sería ya un valor relacionado con la amistad y las relaciones sociales.

    Algunas claves a tener en cuenta en relación con el ejercicio anterior: tenemos que imaginarnos que vivimos en un mundo mágico en lo que todo es posible. Además debemos establecer prioridad a los valores más importantes, estableciendo una jerarquía. Y también definiremos las metas y objetivos a corto, medio y largo plazo.

    Las áreas más importantes son nuestro motor para el cambio necesario de nuestra vida. Las metas son los destinos en tu mapa, mientras que los valores son la brújula que te orienta. Las metas se cumplen o no se cumplen, pero los valores son una dirección que siempre puedes seguir, sin importar las circunstancias.

    Tenemos que pensar que detrás de un sufrimiento psicológico, seguramente hay un valor que no seguimos, y detrás de un valor hay un sufrimiento que hemos de aceptar.

   En la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), el trabajo con los valores es fundamental para ayudar a los pacientes a encontrar una dirección significativa en su vida. A diferencia de otras terapias que se centran en eliminar el sufrimiento, ACT se enfoca en aceptar las experiencias internas difíciles para poder avanzar hacia lo que realmente importa. Una vez que los valores están claros, el terapeuta y el paciente trabajan en el compromiso de llevar a cabo acciones que estén alineadas con esos valores. Esto implica establecer metas pequeñas, concretas y alcanzables que sirvan como pasos en la dirección de vida elegida.

 Si el paciente valora la "conexión familiar", la acción comprometida podría ser "llamar a un miembro de la familia una vez a la semana".

 Si el paciente valora la "salud", una acción podría ser "caminar 15 minutos al día".

  Este proceso se realiza con aceptación: el paciente aprende a no dejar que los pensamientos o sentimientos difíciles (como el miedo o la ansiedad) le impidan actuar en la dirección de sus valores. 

  Los valores en las sociedades no desaparecen, sino que evolucionan y cambian con el tiempo, influenciados por factores como la tecnología, la economía, los movimientos sociales y los cambios en las creencias. No hay una "pérdida de valores" sino más bien una reorganización de prioridades sociales.

    Desde la infancia, aprendemos qué es importante a través de la observación. Nuestros padres, maestros y figuras públicas actúan como modelos. Si vemos que una persona a la que admiramos valora la honestidad y la integridad, es probable que internalicemos esos valores como propios. Cuando un modelo de referencia actúa de acuerdo con ciertos valores, los valida y los hace deseables. Por ejemplo, un líder social que defiende la justicia y la igualdad inspira a otros a adoptar esos mismos principios. No solo admiramos su éxito, sino los valores que lo hicieron posible.

    Los referentes también nos ayudan a corregir nuestro rumbo. Un modelo puede mostrarnos que un valor que teníamos no es tan importante, o que otro que habíamos ignorado es clave para el bienestar. Si una persona que admiramos prioriza el equilibrio y la familia sobre el trabajo, podemos reconsiderar nuestras propias prioridades.

    El epitafio es, en esencia, la declaración de valores más concisa que una persona puede dejar. En lugar de ser una lista de logros, a menudo resume la esencia de la persona y lo que consideró más importante en su vida. Sirve como la última oportunidad para comunicar a los demás qué principios o virtudes definieron su existencia.

    En una frase o dos, un epitafio puede condensar el legado y el mensaje final de una persona. Refleja lo que la persona (o sus seres queridos) consideran que fue su contribución más significativa o la cualidad que más valoró.

    Un epitafio rara vez dice: "Aquí yace el hombre que ganó un premio Nobel" o "La mujer que construyó una empresa de millones". En cambio, suelen centrarse en los valores que guiaron esos logros, como "Un hombre de servicio y honor" o "Su vida fue un regalo de amor". Esto demuestra que lo que perdura no son las metas alcanzadas, sino los valores con los que se vivieron.

    Finalmente indicar que también se puede educar en valores. Consiste en un proceso intencional y sistemático para ayudar a las personas a comprender, reflexionar y desarrollar principios éticos y morales que guíen su vida y sus decisiones. No se trata solo de memorizar un conjunto de reglas, sino de cultivar la capacidad de juzgar, sentir y actuar de acuerdo con valores como la honestidad, la justicia, la tolerancia y el respeto. Los objetivos clave de la educación en valores son: desarrollo de la autonomía moral; fomento de la empatía y preparación para la vida en sociedad.

    La educación en valores busca formar ciudadanos responsables y comprometidos que contribuyan activamente al bienestar de su comunidad. Se enseña la importancia del diálogo, el respeto a las diferencias y la resolución pacífica de conflictos. Y se implementa a través del currículo escolar, con los modelos ya citados o con la participación activa.

    En resumen, la educación en valores es un pilar fundamental en la formación integral de una persona. Y si tuviéramos que hacer la lista de los 10 valores humanos más importantes, sería esta:

Bondad, sinceridad, empatía, amor, paciencia, gratitud, perdón, humildad, responsabilidad y solidaridad.



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