Imagina por un momento que te descartan para un empleo porque te consideran demasiado mayor para aprender nuevas tecnologías. O que no obtienes una oportunidad laboral porque creen que eres demasiado joven para asumir responsabilidades. Como has comprobado, en ambos casos existe un elemento común: la edad. Porque sí… parece que, hagas lo que hagas, tu edad siempre está en medio.
A diferencia de las discriminaciones (religiosa, lingüística, apariencia física, ideología) o de otras formas, como el racismo, sexismo, xenofobia, o clasismo; el edadismo tiene una característica singular, por abajo en el caso de la juventud y por arriba, si tenemos la suerte de vivir lo suficiente y cómo parece vamos camino de ser muy longevos. Lo más probable entonces es que terminemos formando parte del grupo que suele ser objeto de este prejuicio: los mayores de edad pero jóvenes de espíritu.
Por eso, hablar de edadismo no es hablar de “otros”. Es hablar de nosotros mismos, de nuestro presente y también de nuestro futuro. De los mayores y de los jóvenes, del llamado juvenismo o edadismo inverso, porque también ellos y ellas, pueden sentir que se les juzga por su tierna edad o inexperiencia.
Es importante analizar la distinción generacional que se establece hoy en día, atendiendo atendiendo a las fechas de nacimiento, rasgos y contextos culturales. Veamos:
Si naciste en el siglo pasado -desde 1946 hasta 1964-, eres Baby Boomers, como yo. Crecimos durante la expansión económica de la posguerra, vivimos la juventud durante la transición democrática y la expansión económica de finales del siglo XX, junto a cambios profundos en la sociedad española. Somos los del disco de vinilo, la radio, el coche familiar, la television, la llegada del hombre a la Luna, y de los Beatles o de los Rolling Stones.Si naciste entre 1965–1980 eres de la Generación X, viviste alguna que otra crisis económica, eres del cassette, el Walkman, las Cintas VHS, el videoclip y la consola de 8/16 bits; conociste el auge de la televisión, los primeros ordenadores personales, los cambios familiares y la transición de un mundo analógico a uno digital.Viviste el tiempo del Punk, new wave, hip-hop, o escuchaste a Nirvana.
Eres Millennials o de la Generación Y, si naciste entre 1981–1996, lo hiciste con internet, la globalización, expansión universitaria y eres de la crisis financiera de 2008. Estas familiarizado con lo digital, tienes mayor movilidad, valoras mucho otras experiencias, te enfrentas a la precariedad laboral, sufres una vivienda más cara y tuviste CD, MP3, Messenger, los primeros smartphone e inauguraste las redes sociales tempranas. Y seguramente eres fan del Pop de los 90/2000.
Si naciste entre 1997–2012 eres de la Generación Z. Dominas como nadie las redes sociales, tienes fuerte presencia online con los smartphones, vives crisis climáticas y sufriste la pandemia durante alguna etapa educativa. Te consideran nativo/a digital, valoras la flexibilidad, la comunicación rápida, y tienes mayor sensibilidad hacia la diversidad e identidad; eres de TikTok, streaming y seguro que usas auriculares inalámbricos.
Además, puedes ser de la Generación Alfa si naciste entre 2013–2024 o de la Generación Beta, si acabas de nacer hace un año, aunque en ambos casos no creo que leas esto. Aun así, tanto los alfa como los betas sois de tablets, inteligencia artificial, asistentes digitales, educación híbrida, videojuegos online, mundos virtuales y cambios tecnológicos acelerados. En definitiva, tenéis todo un mundo complejo por hacer y por descubrir.
También se han acuñado otros conceptos, como la generación sandwich que son “atrapadas/os” entre el cuidado de sus hijos y el de sus padres.
Sea como fuere, es habitual escuchar el término “guerras generacionales”, es decir, que cada generación está convencida de que la siguiente lo arruinará todo y de que la anterior ya lo arruinó… aquéllo de cualquier tiempo pasado fue major o la cantinela de “en mis tiempos esto no pasaba…”
Pero centrémonos en el término edadismo, conocido internacionalmente como ageism. Fue acuñado en 1969 por el psiquiatra y gerontólogo Robert Butler. Butler observó que existían prejuicios sistemáticos hacia las personas mayores similares a los que se producen por motivos de género o etnia, pero que rara vez eran reconocidos como una forma de discriminación.Actualmente, la Organización Mundial de la Salud define el edadismo como los estereotipos, prejuicios y actos de discriminación dirigidos hacia las personas por razón de su edad.
El edadismo puede manifestarse de tres formas distintas: A través de los estereotipos, es decir, las creencias que tenemos sobre determinadas edades. Por los prejuicios, es decir, los sentimientos que desarrollamos hacia esos grupos. Y como consecuencia de la discriminación, cuando esas creencias y emociones se traducen en comportamientos concretos.
Seguro que te suena alguna de estas frases:
“Los jóvenes
no quieren trabajar.”
“Ya eres
demasiado mayor para estudiar.”
“Aún eres muy joven para opinar de eso.”
Estas opiniones parecen inofensivas, pero reflejan una tendencia muy arraigada: reducir a las personas a su edad cronológica.
¿Por qué aparece el edadismo?
Uno de los modelos más influyentes es la Teoría de la Identidad Social, desarrollada por Henri Tajfel y posteriormente ampliada por John Turner. Según esta teoría, los seres humanos tendemos a clasificarnos en grupos. Nos identificamos como hombres o mujeres, profesionales o estudiantes, nacionales o extranjeros, jóvenes o mayores. Estas categorías nos ayudan a organizar la realidad, pero también pueden generar prejuicios. Cuando aparece la división entre “nosotros” y “ellos”, aumenta la probabilidad de atribuir características simplificadas a quienes pertenecen al otro grupo. Desde esta perspectiva, el edadismo surge porque la edad se convierte en una categoría social que favorece la aparición de estereotipos.
Existe otra explicación especialmente interesante que es el miedo a envejecer. La llamada Teoría del Manejo del Terror, desarrollada por Jeff Greenberg, Sheldon Solomon y Tom Pyszczynski. Esta teoría parte de una idea sencilla pero profunda. Los seres humanos somos conscientes de de nuestra propia mortalidad. Sabemos que vamos a envejecer para luego morir. Sin embargo, esta realidad genera una ansiedad existencial difícil de gestionar. Las personas mayores pueden actuar como un recordatorio visible del paso del tiempo. Nos recuerdan que el envejecimiento forma parte de nuestra propia trayectoria vital. Según esta teoría, algunos prejuicios hacia la vejez funcionarían como mecanismos psicológicos de defensa frente al miedo al deterioro y a la muerte. En otras palabras: No siempre rechazamos la vejez por desconocimiento. A veces la rechazamos porque nos confronta con nuestro propio futuro.
¿Qué papel juegan los estereotipos?
Otra de las investigadoras más importantes en este campo es Becca Levy, profesora de la Universidad de Yale. Levy desarrolló la llamada Teoría de la Incorporación de los Estereotipos. Su propuesta revolucionó la forma de entender el edadismo.Según esta teoría, las personas comenzamos a absorber mensajes sobre la vejez desde la infancia.Escuchamos comentarios, observamos anuncios publicitarios, consumimos películas y programas de televisión que transmiten determinadas ideas sobre el envejecimiento. Esos mensajes permanecen almacenados durante décadas, y cuando envejecemos, muchos de esos estereotipos son aplicados a nosotros mismos.La consecuencia es extraordinaria: las creencias sobre la edad pueden influir en nuestra salud física, cognitiva y emocional.
Diversas investigaciones han mostrado que las personas que mantienen visiones más positivas del envejecimiento suelen presentar mejores resultados en memoria, bienestar psicológico, recuperación funcional e incluso longevidad. El mensaje es contundente: Los estereotipos no solo afectan a cómo vemos a los demás, también afectan a cómo envejecemos
El edadismo interiorizazdo y la profecía autocumplida, ocurren cuando una persona termina creyendo las limitaciones que la sociedad atribuye a su edad.
Por ejemplo:
“Ya no tengo
edad para aprender.”
“Es normal
sentirse inútil a mi edad.”
“Ya es tarde
para empezar algo nuevo.”
Estas creencias pueden reducir la motivación, limitar la participación social y afectar negativamente a la salud.Paradójicamente, muchas de las barreras asociadas al envejecimiento no provienen de la edad en sí misma, sino de las expectativas sociales sobre lo que significa envejecer.
La Teoría de la Amenaza del Estereotipo, desarrollada por Claude Steele predice que cuando una persona sabe que existe un estereotipo negativo sobre su grupo, puede experimentar ansiedad al enfrentarse a determinadas tareas. Por ejemplo, si una persona mayor escucha repetidamente que los mayores tienen peor memoria, puede sentirse especialmente presionada durante una prueba cognitiva. Esa presión aumenta el estrés. Y el estrés puede empeorar el rendimiento.Así, el estereotipo termina confirmándose aparentemente, aunque en realidad haya sido la ansiedad la que produjo la diferencia.Esto demuestra cómo los prejuicios pueden generar efectos reales sobre la conducta humana.
Una de las maneras de reducir los prejuicios la encontramos en la Teoría del Contacto Intergrupal de Gordon Allport. Allport defendía que el contacto frecuente y positivo entre grupos reduce significativamente los prejuicios. Las investigaciones posteriores han confirmado esta hipótesis. Cuando jóvenes y mayores colaboran, conviven, aprenden juntos o desarrollan proyectos comunes, disminuyen los estereotipos y aumenta la empatía. Por eso, muchos especialistas consideran que los programas intergeneracionales constituyen una de las estrategias más eficaces para combatir el edadismo. No basta con hablar sobre otras generaciones. Es necesario relacionarse con ellas.
Si nos referimos a la sabiduría emocional de la edad hay que citar a Laura Carstensen. Carstensen desarrolló la Teoría de la Selectividad Socioemocional. Sus investigaciones mostraron algo sorprendente. A medida que las personas perciben el tiempo como más limitado, tienden a priorizar relaciones significativas y experiencias emocionalmente valiosas. Lejos de convertirse en personas emocionalmente más frágiles, muchos adultos mayores desarrollan una notable capacidad para regular sus emociones y centrarse en aquello que realmente importa. Estos hallazgos desafían uno de los prejuicios más extendidos sobre el envejecimiento.La edad no implica necesariamente pérdida de bienestar psicológico.
Pero, ¿qué consecuencias tiene el edadismo para la salud?
La evidencia científica actual muestra que el edadismo tiene efectos concretos sobre la salud.Se ha relacionado con:
·
mayor riesgo de aislamiento
social,
·
incremento de la soledad,
·
peor salud mental,
·
mayores niveles de depresión,
·
disminución de la calidad de
vida,
·
peores resultados en algunos
procesos de recuperación.
Además, el edadismo puede influir en las decisiones sanitarias.En ocasiones se minimizan síntomas o necesidades simplemente por considerar que determinados problemas son “normales para la edad”.Esta normalización puede retrasar diagnósticos y tratamientos.Por tanto, el edadismo no es únicamente una cuestión ética o social.También es una cuestión de salud pública.
¿Y qué hay del edadismo en el mundo laboral?
El ámbito laboral constituye uno de los escenarios donde el edadismo se observa con mayor claridad. Las personas mayores pueden ser percibidas como menos adaptables o menos innovadoras.Los trabajadores jóvenes, por su parte, pueden ser considerados inexpertos o inmaduros y se puede llegar a confundir juventud con ignorancia, cuando una persona puede tener conocimientos especializados muy superiores a los de personas mayores en determinados ámbitos.
Si eres joven, seguro que has escuchado
frases reducidas a una simplificación injusta, parecidas a:
"Eres demasiado joven para dirigir un
equipo."
"Todavía no tienes suficiente
experiencia para opinar."
"Ya cambiarás de idea cuando seas
mayor."
"Todavía no has vivido lo suficiente
para entenderlo."
La investigación
muestra que la competencia profesional depende de múltiples factores y no puede
deducirse únicamente a partir de la edad.
La
experiencia, la creatividad, la capacidad de aprendizaje y la inteligencia
emocional se distribuyen de forma mucho más compleja que lo que sugieren los
estereotipos.
Otro desafío
aparece cuando la explicación se simplifica hasta convertir a una generación en
culpable de los problemas de otra. Por ejemplo, afirmar que "los boomers
han arruinado el futuro de los jóvenes" es una generalización
Conviene
distinguir entre dos cosas:
Un conflicto
de intereses o de distribución de recursos.
Un prejuicio contra un grupo por su edad.
Por ejemplo, cuando alguien argumenta que el sistema de pensiones es financieramente difícil de sostener debido al envejecimiento demográfico, está planteando una cuestión económica y política, no necesariamente una postura edadista. En cambio, el discurso se acerca al edadismo cuando se presentan los problemas en términos como:
"Los
jubilados viven a costa de los jóvenes".
"Los
jóvenes son unos vagos que no quieren trabajar".
"Los
mayores tienen demasiados privilegios porque ya no producen".
"Los
jóvenes no merecen mejores salarios porque no tienen experiencia".
En estos casos se atribuyen características o responsabilidades colectivas a personas por su edad, en lugar de analizar factores estructurales. Por tanto, muchas veces, los conflictos que se presentan como "generacionales" en realidad están relacionados con factores económicos, politicos, educativos, culturales o tecnológicos. Algunas razones son: conviven hasta cuatro o cinco generaciones en muchos lugares de trabajo; los cambios tecnológicos son más rápidos que en décadas anteriores; el claro envejecimiento de la población en muchos países genera debates sobre empleo, pensiones y recursos públicos; las redes sociales amplifican los discursos basados en identidades generacionales; y finalmente, sabemos que se repite la historia. De hecho, hay registros desde hace siglos de adultos quejándose de "la juventud de hoy", concretamente desde la antigua Grecia.
Una sociedad que envejece.
Es verdad que vivimos un momento histórico singular. Por primera vez en la historia de la humanidad, la esperanza de vida alcanza niveles que hace apenas un siglo parecían imposibles. Cada vez hay más personas mayores y cada vez viven durante más tiempo. Este cambio demográfico obliga a replantear muchas de nuestras ideas tradicionales sobre la edad.
La esperanza de vida al nacer en Aragón, mi tierra, supera ya los 84,2 años y se sitúa entre las más altas del mundo. El dato va subiendo de forma progresiva y en el último medio siglo ha aumentado en más de una década. Esta realidad es el reflejo directo de los avances en sanidad y de una mejora de las condiciones y los hábitos de vida e impactan, a su vez, en una mayor carga en el sistema de salud.
La pregunta ya no es simplemente cuánto vivimos. La pregunta es cómo vivimos.Y para responderla resulta imprescindible eliminar las barreras psicológicas y sociales que limitan el potencial de las personas a lo largo de toda la vida.
Uno de los últimos libros que han caído en mis manos se titula: El regalo de los años del famoso psiquiatra afincado en Nueva York, Luis Rojas Marcos, en el que plantea una idea central muy sencilla: envejecer no es solo un proceso de pérdidas, sino también una etapa que puede vivirse con bienestar, sentido y satisfacción si se afronta de forma activa y consciente.Rojas Marcos plantea:
Aceptar la realidad del envejecimiento, sin negarla ni dramatizarla.
Mantener una actitud optimista y resiliente, porque la forma de interpretar los acontecimientos influye en la calidad de vida.
Cuidar las relaciones personales, consideradas uno de los mayores factores de bienestar en edades avanzadas.
Seguir teniendo
proyectos, responsabilidades y objetivos, aunque cambien con los años.
Aprovechar la
sabiduría acumulada por la experiencia, que puede compensar muchas pérdidas
asociadas a la edad.
Combatir el
aislamiento y la soledad, dos de los principales riesgos de la vejez.
Tomar las
riendas de la propia vida, en lugar de dejar el bienestar al azar o a la
suerte.
Su libro no se centra tanto en prolongar la vida como en aumentar los años vividos con bienestar, lo que los investigadores llaman healthspan (años de vida en buena salud). Envejecer bien depende menos de la genética de lo que solemos pensar y más de mantener cinco pilares: relaciones sociales sólidas, actividad física regular, propósito vital, estimulación mental continua y hábitos saludables sostenidos.
Curiosamente,
esos cinco pilares coinciden con las características que aparecen una y otra
vez en los estudios sobre personas longevas y en buen estado de salud, desde
los octogenarios activos hasta los centenarios.
Combatir el edadismo no consiste únicamente en proteger a las personas mayores.Consiste en construir una sociedad donde ninguna persona sea juzgada por el número de años que tiene.Porque todos envejecemos.Y la forma en que tratamos hoy a quienes son mayores está definiendo el mundo en el que viviremos mañana.
La próxima vez que escuches una frase
como “ya no tiene edad para eso” o “es demasiado joven para entenderlo”, quizá
valga la pena detenerse un instante y preguntarse:
¿Estoy describiendo una realidad o
simplemente repitiendo un estereotipo?


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